Evolución y

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Miedo

Miedo





Autor:José Javier Lombardo López

Publicado el 7 de febrero de 2016



El miedo es una reacción de angustia y de activación fisiológica ante una situación percibida como potencialmente peligrosa.

Más o menos, todos sabemos lo que significa y en qué consiste el miedo. Todos nos hemos visto ante algunas situaciones, a lo largo de nuestra vida, en las que nuestro cuerpo ha reaccionado con miedo. Hemos sentido como el cuerpo se tensa, se nos ponen “los pelos de punta”, se nos acelera el corazón, empezamos a sudar,etc…

Este miedo se ha desarrollado para anticipar peligros y estar preparados para poder reaccionar y sobrevivir a ellos. Este miedo es adaptativo y nos ha servido, durante nuestra evolución como especie, a llegar a ser lo que somos hoy día.

Debido a nuestro desarrollo cognitivo y a la capacidad de nuestro cerebro para registrar experiencias y categorizar la realidad, estas situaciones de miedo crean una huella de memoria que anticipa dicho miedo, sin tener ante nosotros realmente ninguna situación que así lo justifique.

De repente podemos encontrarnos sentados tranquilamente en nuestro salón, y en lugar de disfrutar de nuestro hogar, nos encontramos sintiendo algo parecido al miedo, menos intenso, pero muy parecido.

¿Y esto por qué?,¿Por qué estoy sintiendo miedo?,¿Qué es lo que me da miedo en mi salón?, ¿Será el sofá o quizá la mesa?... Ah no, debe ser la ventana, o la lámpara…

Que va, no es nada de eso. Lo que nos da miedo es una situación que nuestro cerebro nos está mostrando en este momento, y que estamos percibiendo como real, aunque ni siquiera se ha producido, es más, no sabemos si se producirá, y en el caso de hacerlo, ni siquiera sabemos si lo hará del modo en el que nuestro cerebro nos lo está mostrando. Pero hay algo aún peor, tampoco nos está preparando para reaccionar de la manera más adecuada.

Es a este miedo al que voy a hacer referencia hoy. Este es el miedo que nos daña y que nos hace sufrir, el miedo que nos condiciona y nos quita la libertad, limita nuestra consciencia y nos mantiene encadenados a nuestra vida, tal y como es ahora, tal y como otros han decidido que sea, una vida marcada por el conformismo, la sensación de vacío, los interrogantes, el malestar y el sufrimiento, avivada por unos pocos momentos de placer y bienestar puntuales.

¿Es esta la vida que queremos, o es la vida para la que estamos programados a vivir?

Este tipo de miedo nos paraliza en la mayoría de las situaciones. Imaginemos a un trabajador que tiene que pedir un permiso por cualquier motivo. Él sabe que a su empresa no le gusta que se pidan permisos, pero él lo necesita.

El proceso por el que pasa es el siguiente:

  • Siente miedo de la reacción que esta petición puede causar en su superior, ya que, como a la empresa no le gusta que sus empleados pidan permisos teme que se lo nieguen.
  • Además, teme que la petición pueda afectar a su valoración como empleado en visos de una próxima renovación.
  • Posteriormente teme que si no le renuevan el contrato, tenga dificultad en encontrar otro trabajo.
  • Si no lo encuentra va a tener problemas para pagar las facturas y poder sobrervivir.


A esto le añadimos que conforme va anticipando esa situación negativa, aparecen los sentimientos de angustia y decepción, como: “Que desastre de vida”, la autocompasión como: “Que inútil soy” o el victimismo, culpando a los demás de lo que nos pasa, aceptando así nuestra incapacidad para resolver la situación.

Además, la Televisión y en especial las noticias (en realidad malas noticias) aderezan el ambiente con emisiones negativas, como el alto nivel de paro, los desahucios, la crisis económica, etc, lo cual refuerza los sentimientos de angustia y de conformismo, engañándonos y reforzando la idea de que estamos mal, pero somos afortunados por tener trabajo.

Por si esto falla, el entorno se encarga de airear incontables casos de corrupción, para reforzar nuestro victimismo, y culpar a los políticos, a los empresarios o a cualquier persona que pase por allí, en lugar de afrontar la situación y superarla. Todo este proceso ocurre una y otra vez en casi todas las facetas de nuestra vida, y nuestra mente es capaz de hacernos pasar por ella cada vez algún estímulo la desencadene. Por si estos estímulos no han concurrido a lo largo del día, tenemos la costumbre de sentarnos a “relajarnos” viendo las malas noticias en el noticiario de las 9.

Tras todo esto, lo normal es que la persona que va a pedir el permiso, no lo haga, o lo haga como si le fuera la vida en ello.

Si conseguimos elevarnos un poco y ver toda la situación desde más arriba, como si mirásemos un laberinto tres o cuatro metros por encima, nos preguntaremos:

¿Realmente es todo tan dramático?,¿Merece la pena el tiempo perdido en evocar todo lo anterior una y otra vez?,¿Merece la pena permitirnos sentir todas esas emociones negativas?,¿Podemos controlar la situación?

La respuesta es que la situación no es en absoluto tan dramática. Todo el tiempo perdido lo podríamos haber dedicado a otras cosas, o simplemente a disfrutar del momento. Esas emociones negativas, seguramente habrán provocado que nos encontremos serios, tristes e incluso enfadados con las personas que nos rodean, y desde luego, merece la pena transmutar esas emociones negativas en otras positivas.

Todavía no hemos pedido el permiso, no sabemos la respuesta y sin embargo todos esos miedos han pasado ya muchas veces por nuestra cabeza.

El miedo adaptativo se ha transformado en un miedo desadaptativo, que nos perjudica de una forma terrible, y lo que es peor, refleja una realidad inexistente, inventada, que damos por real cada vez que la revivimos, respondiendo así a la programación mental y siguiendo las directrices de la sociedad, que nos dice: “Ten miedo”, ”Obedece y Confórmate”.

No le des tregua al miedo. Actúa ante la situación, no ante la hipótesis de una situación inexistente.

Tienes la capacidad de controlar esto y de actuar solamente cuando la situación lo requiera, no cuando tu mente te lo presenta, recuerda que esa situación no es real, no existe.